Bahía Blanca. Todos los días, las 24 horas. WhatsApp
Laureano AlimentiLicenciado en Enfermería. MP 184676
Cuidar en voz alta

Cuidar en casa, lo que una mujer aprendió de otra

. Lic. Laureano Alimenti, MP 184676.

Dejo el bolso junto a una silla y me acerco a la cama. La persona que voy a cuidar está despierta. Antes de ayudarla a incorporarse, le explico el movimiento y espero su acuerdo. Una mujer de la familia acomoda lo que quedó sobre la mesa. Hay un vaso, una servilleta doblada y un recipiente pequeño que enseguida aparta.

Esta casa es una construcción narrativa. Reúne fragmentos transformados de distintas experiencias de cuidado en el hogar. Ninguna familia podría encontrarse entera en ella.

Le pregunto a la mujer cómo pasaron la noche. Me cuenta primero lo que pudo observar y después se detiene. Mira el recipiente. Yo todavía tengo una mano apoyada sobre la sábana. Hay algo que quiere decir y parece estar decidiendo si este es el momento.

En una investigación presentada en 2002, dos profesionales recogieron relatos de madres que concurrían a consultas pediátricas en Bahía Blanca. Entre las entrevistadas había mujeres de adscripción mapuche. Hablaron de plantas, de sanadoras, de aprendizajes recibidos de sus madres y abuelas. También contaron que ciertas prácticas se callaban frente a los profesionales por temor a ser descalificadas. La investigación Madres que curan conserva esos testimonios.

Leo esas páginas y me detengo en la distancia entre saber algo y encontrar a quién contárselo.

Las mujeres evocaban experiencias de distintos lugares, algunas anteriores a su llegada a la ciudad. El pasado entraba en la consulta a través de sus relatos. Una abuela había enseñado; una hija recordaba; otra mujer intentaba explicar qué hacía cuando alguien de su familia se sentía mal. La investigación dejó constancia de ese intercambio. Sus palabras llegaron hasta nosotros mediadas por quienes las escucharon y escribieron.

En la habitación, la mujer vuelve a acercar el recipiente. Me explica que estuvo pensando en preparar algo que usaban en su familia. Todavía no lo hizo. Quiere saber si puede servir. Le pregunto qué es, cómo lo conoce, para quién lo pensaba. Necesito entender antes de responder.

Escuchar ese recuerdo forma parte del cuidado. Después tengo que evaluar lo que propone, revisar si puede causar daño o interferir con un tratamiento, y explicar con claridad lo que sabemos. Puedo reconocer el valor de una experiencia sin dar por segura cualquier práctica que venga de ella.

La persona en la cama nos mira. Hasta ese momento veníamos hablando alrededor suyo. Me vuelvo y le pregunto qué necesita ahora. Mueve apenas la mano hacia el vaso.

Lo acerco.

Por un instante quedan solamente una mano, el peso del recipiente y alguien esperando. El cuarto pierde sus bordes. No sé en qué momento empecé a pensar en otra mujer, en otro recipiente, en una espera anterior a la mía. Vuelvo cuando el vidrio toca suavemente la mesa.

Hasta ahí llega la imagen. No tengo un documento que me permita situar esa otra mano junto al Napostá doscientos años atrás.

Los archivos de esta región conservan otros detalles. Registran ocupaciones, solicitudes de tierras y desplazamientos de la gente de Ancalao en el siglo XIX. Los nombres del Napostá y del arroyo Pareja aparecen en esos papeles. Puedo seguir parte de una trayectoria territorial, reconocer presencias donde a veces imaginamos una llanura vacía. Quedan muchas menos palabras sobre lo que sucedía al lado de un cuerpo enfermo. María Laura Martinelli reconstruye esas historias y las dificultades de leer sus registros.

Esa falta me pide cuidado al escribir. Sería fácil completar el silencio con una escena hermosa. Una mujer buscando una planta, otra velando el sueño. Pero la belleza de una imagen no alcanza para volverla verdadera.

Prefiero quedarme con lo que sí llegó hasta nosotros. Mujeres entrevistadas en Bahía Blanca recordaban conocimientos familiares y buscaban alivio para sus hijos. Mucho después de los documentos de frontera, sus relatos muestran experiencias indígenas en la vida de la ciudad. Las fechas y los lugares conservan su distancia.

En la casa, acomodamos la almohada. La mujer de la familia me señala una posición que suele resultar más cómoda. La probamos con quien está recibiendo el cuidado. Espero una respuesta antes de seguir.

Cuando necesitás ayuda, a veces los demás nos adelantamos demasiado. Interpretamos un gesto, completamos una frase, resolvemos. Puedo creer que me están pidiendo agua y descubrir que también quieren incorporarse, mirar hacia la ventana o tener un momento de intimidad. Preguntar deja abierta la posibilidad de que mi primera interpretación sea insuficiente.

Mientras escribo, tampoco quiero dejar a las mujeres indígenas inmóviles dentro del recuerdo. En Bahía Blanca hay voces mapuche que narran su propia trayectoria y sostienen espacios de transmisión cultural. Integrantes de Ruka Kimun y de la Lof Kuripan Kayuman han escrito sobre esa presencia desde su experiencia. Su trabajo permite escuchar una voz propia del territorio.

Antes de irme, vuelvo sobre la pregunta que había quedado pendiente. Conversamos sin apuro. El recipiente sigue en la mesa y ya no hace falta apartarlo para que yo continúe trabajando.

Guardo mis cosas. La persona en la cama pide un pequeño cambio de posición. Me acerco otra vez. Esta vez espero a que termine de mostrarme cómo.

¿Necesitás enfermería en tu casa?

Pedí tu presupuesto
Ver más notas